Olalla tiene una casa muy acogedora. En un momento hace sitio y te monta una cama muy cómoda y calentita, te prepara un café y tostadas, saca frutas de colores y comida cortada en cachitos muy pequeños. Te da muchos besos y te mira con los ojos pequeñitos pero que desprenden un calor muy agradable. Habla de muchas cosas y a veces parece una niña pequeña. Saca papeles de colores y hace cosas preciosas con sus manos. Hace anillos de papel, rosas que parece que tienen olor, cajitas resistentes para guardar cosas, pero lo que mejor le salen son las garzas. Tiene garzas de colores colgadas en la ventana, apoyadas en las baldas, ensartadas en palillos largos. Te regala todo, la rosa, el anillo, las cajitas, las garzas. Me he dado cuenta de que tengo varias garzas de Olalla, y al verlas me acuerdo de todos los ratos en esa cocina, su generosidad real y honesta en momentos de apuro, de sus ojitos que dan calor. Y me gustaría tenerla más cerca, verla más a menudo, darle muchos más besos como ella da sus garzas.

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